Juan Poza y Faustina Martín

PALABRAS DE UN CRIBERO

Palabras que descubren huellas grabadas en el pasado, marcando un camino que será nuestro destino...
Palabras que cuentan relatos tejidos de sensaciones y realidades, descubriendo que cada uno de ellos nos proporciona sentimientos... Sentimientos que de este modo se quieren transmitir.
Juan Poza es uno de los últimos criberos de nuestra ciudad, que nos cuenta junto a su mujer Faustina, con mucha dulzura y en pocas palabras, lo que fue todo un oficio, en aquellos tiempos en los que la jornada, habiendo trabajo, no tenía horario.
Juan aprendió esta profesión viendo trabajar a su abuelo junto a su padre convirtiéndose día a día en un joven y apuesto cribero capaz de realizar las difíciles y a veces complicadas facetas que este trabajo conlleva, entre ellas la compra de “cortas de chopos” ya que una vez adjudicadas se procedía a su corte y derribo, no siendo menos importante la posterior faena de desramar, necesitando para todo ello la ayuda de sus familiares. Había veces que la situación de estas arboledas era de complicado y difícil acceso por lo que tenían que buscar la forma de facilitar la bajada de dichos troncos, intentando de alguna manera conseguir animales de carga o bien localizar un río cercano a dicho lugar, que aunque era arriesgado y aventurado lograban adelantar tiempo.
Arrojaban los troncos al agua y subidos, con largas varas terminadas en ganchos, intentaban aprovechar la corriente para que esta, les arrastrara siguiendo el cauce, hasta una pequeña presa construida por ellos donde había poca profundidad. Una vez allí se cargarían en el carro, para después transportarlos y descargarlos en la famosa “Cooperativa Unión Trillera de Cantalejo”.
En esta, con sus grandes sierras y potentes motores eran aserrados, dejándoselos con las distintas medidas que Juan solicitaba para después poder fabricar las piezas características de un cribero.
Si elaboraba la criba necesitaba tiras de 2m de largo x 8cm de ancho x 1cm de grueso y con ayuda del torno, al estar la madera aun verde, le podía dar forma de circulo uniendo así los dos extremos con pequeñas puntas. Una vez creado el primer aro, le embutía y encajaba otras diez tiras torneadas formando una “rueda de aros”, y de esta manera, a las muchas ruedas que dejaba elaboradas, podría extraer una tira y cortarla a la medida del utensilio deseado por el cliente.
Parecida a la criba era el harnero, se diferenciaba por su menor tamaño y porque en la criba el grano cae al suelo traspasando los agujeros, mientras que el harnero, siendo estos mas finos, deja pasar la suciedad, como arena, pequeñas piedras, pajas o semillas, quedando el grano dentro de él.
Similar a este era el pandero, pero la piel la tenia sin picar por lo que se utilizaba generalmente, para medir y echar de comer al ganado.
Distinto era el ceazo, ya que su aro de madera era más corto, más ancho y más grueso. Como tampoco era de piel sino de fina tela metálica y servia para separar la harina del salvado, siendo muy solicitado por aquellas familias que hacían pan.
A la misma vez que organizaba y preparaba la madera, buscaba la forma de obtener la piel, para ello, estaba al tanto de todos aquellos animales (asnos, burros, machos...) que por enfermos, viejos o accidentados se vendían a bajo precio.
Les sacrificaba en el campo, lejos del pueblo, siempre acompañado de algún amigo o familiar, aunque esto no evitaba, que ese momento fuese doloroso, desagradable e incluso a veces temeroso, pues en ocasiones tenían que sacar la tralla al verse acorralados por buitres hambrientos, que al olor de la carne bajaban hasta el suelo, convirtiendo el encuentro en una lucha “cuerpo a cuerpo” ya que por su gran tamaño, sus fuertes picos y sus largas alas desplegadas, sintieran auténtico miedo de ser atacados.
Obtenida la piel, la metía en un saco para llevarla a lavar y una vez limpia la extendía durante un día al calor del sol, la espolvoreaba mucha ceniza y sal para evitar que salieran gusanos y la dañaran quedando además, resistente y rígida.
Una vez seca y en el taller, recortaba un trozo con unos centímetros más que la medida del aro, si el pelo era largo le tenia que esquilar y cepillar, acto seguido la metía en agua para hacerla flexible y de esta manera podía tensarla y clavarla alrededor de la madera, utilizando para ello pequeñas puntas.
Llegado a este punto se podía observar como iba a ser la futura criba, solo faltaba picar los agujeros y para ello había que escoger uno de entre los 50 clavos o sacabocados de hierro, todos ellos distintos en forma y tamaño dependiendo de lo que se iba a cribar, pudiendo ser garbanzos, lentejas, avena, trigo, cebada, centeno...
Estos clavos eran huecos por dentro, su extremo inferior era un filo cortante y el superior, una especie de boca abierta por donde salían los pequeños trozos de piel y a su vez plana para poder ser golpearla con la maceta (martillo de madera) que al igual que la toza (lugar donde se apoyaba la criba) era de álamo negro.
Una vez seleccionado el clavo se completaba la fabricación con el “picado” que para Juan esta era la parte más agradable y gratificante de este oficio, porque por fin se completaba en poco más de una hora, un trabajo que le había llevado muchos meses de dedicación y organización.
Faustina, cuenta que a veces le observaba sentado en su taburete, con la criba apoyada en la toza, dando con la maceta firmes golpes al clavo con agilidad y seguridad, por lo que intuía que él estaba tranquilo, sereno, concentrado y disfrutando de esos complicados dibujos geométricos que plasmaba, siendo tan lindos, perfectos y variados que terminaban siendo verdaderas obras de arte, a las que no las faltaba las iniciales del comprador como firma del trabajo.
Pero al igual que hacían las nuevas restauraban con recortes de piel aquellas que se rompían por el uso. Las cosían con una aguja larga, cuyo orificio era en forma triangular por el que metían una fina cinta que obtenían de la misma piel, para ello había que desmontar, coser, volver a humedecer, a tensar, clavar y por último hacer la parte de agujeros que faltaban.
Pero ahí no terminaba la dispuesta lucha del cribero, sino que comenzaba, pues llegando la primavera con el carro totalmente cargado y al igual que otras familias criberas y trilleras, salían de sus casas a vender por los pueblos pasando fuera una larga temporada.
Y con palabras, palabras y más palabras... hacían el trato de la venta.
Palabras que todas unidas forman el hilo de la vida transformando cada vuelta en un cálido recuerdo...
Palabras que como pompas de jabón viajan ahora felices con el viento... en el tiempo...
Palabras que sencillamente quedaran grabadas en este escrito para que no queden en el olvido, convirtiendo... toda una vida... en una sola historia.

ANA ROSA ZAMARRO